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Un pedacito de corazón en el cielo

Yo creo firmemente que pedacitos de nuestro corazón se van tomados de la mano del ser amado que nos deja para irse a ese lugar eterno en el cielo.

Es como si nos fuéramos muriendo nosotros también de a poquito, cada vez que perdemos a un ser querido. Como si parte de nosotros fuera adelantando camino para que cuando sea nuestro momento de partir, el viaje sea más ligero.

En mi vida, pedacitos de mi corazón se me han adelantado por lo menos en seis ocasiones… y aunque he pasado ya varias veces por esa experiencia, decirle adiós a alguien nunca es fácil; si acaso es más bien cada vez más difícil, porque ya sabes lo que viene después de ese momento en que cierran sus ojitos para no abrirlos más: la tristeza, la soledad, la angustia, el miedo, la pena..

Y aunque la muerte es en realidad una celebración de la vida y nuestra pena es proporcional al amor que tuvimos para ese ser y ese ser para nosotros, esos pedacitos de nuestro corazón que suben también al cielo no regresan. Por más que lo intentemos, nada vuelve nunca a ser igual, ni siquiera una misma.

La tristeza se acomoda, la neblina que cubrió nuestra mente se disipa, los recuerdos se atesoran, la ropa se regala y el aliento vuelve a nuestros pulmones… pero no, ese pedacito de nuestro corazón no vuelve jamás. Si tenemos suerte, una florecita crece en su lugar, pero sin latidos. Por eso digo que un pedacito de nosotros sube al cielo de la mano de nuestro ser querido.

Pero es justo ese pedacito el que nos mantiene unidos, el que nos hace sentir cerquita el uno del otro aunque ya no nos podamos ver ni abrazar, pues una parte nuestra se fue allá con ellos y una parte de ellos, sin duda, se quedó acá con nosotros… Y ese es un vínculo de amor que nada podrá romper jamás, porque el amor es eterno. 💜

Moscas en la casa

Suena a canción de Shakira, pero literal, desde que no estás más por acá mi querida Hannhi, hay muchas más moscas en la casa. Y moscos también.

Sé era tú noble tarea encargarte del control de plagas del hogar. A ti, a diferencia de mi, no te daban miedo los bichos. Supongo que de ahora en adelante, habrá cada vez más pequeñas cosas que, así como ésta de las moscas, harán notar tu ausencia. El odioso orden que ha tenido mi cajón de los calcetines – donde te gustaba hacer tu cama para dormir- en esta última semana es un claro ejemplo de ello.

Y es que a veces se nos olvida que la vida se construye con las pequeñas historias que suceden día a día… y que la amistad se estrecha en el titipuchal de pequeños momentos que se comparten juntos. Tú me enseñaste eso…

Hannah, ¡Mira! son días soleados

A tí te gustaban mucho los días soleados, te tirabas siempre de costado, en el piso, cerquita de la ventana, a disfrutar cualquier ratito de sol que se asomara y mientras, a mi, a mi me gustaba verte sonreír ahi... 

Los días que rondaron al 25 de febrero, cuando me regalaste tu último suspiro, fueron muy muy bonitos: estaban soleados, tibios, despejados y con un viento muy particular. Incluso aquel último jueves de febrero fue un día bellísimo, amarillo con nubes blancas y gordas decorando el cielo azul. Me dio paz que te fueras en un día así, alguien tan maravilloso como tú no merecía menos.

Cuando iba de camino al velatorio, contigo otra vez dentro de una cajita sostenida en mis brazos, el 25 de febrero se me pareció mucho a ese viernes de mediados de noviembre de 2005 en que te recibí por primera vez en tu cajita de leche Lala, sonríete, tímida, emocionada. De camino por los carriles centrales de Río Churubusco entonces me di cuenta que los dos fueron días hermosos, uno más frío que el otro, el segundo mucho más triste que el primero. Y que los dos cambiaran mi vida para siempre. ;(

Yo creo que la naturaleza es testigo y confidente de nuestras aventuras y, en ese atestiguar, también nos habla y nos muestras cosas. Por eso estoy segura de que el que ambos hayan sido días tan bonitos fue ella contándole al mundo lo bonito que fue la vida a tu lado.

Hoy ya es marzo, sigo sin poder darle la vuelta al calendario en mi pared y los días se han vuelto grises, incluso esta lloviendo. Es el fin del invierno y las jacarandas comienzan a pintar el cielo y el piso de morado.

La Zuppa y yo nos detenemos cada vez que salimos a dar la vuelta a recogerte algunas de las flores que las jacarandas dejan caer. Pienso que te hubieran gustado mucho…

Sonrío luego con el puñito de flores cuando llego a casa pensando que tú, quizá, solo te las hubieras comido como todas las demás.

Te extraño… y solo la luna en el cielo logra aliviar mi tristeza haciéndome pensar que es tu carita sonríete la que miro allí arriba, en ese astro redondo, lleno, grande y hermoso que hoy ilumina mi soledad, como lo hacías tú cuando estabas por acá.

El último miércoles con Hannah

Es miércoles en la noche otra vez, a punto de despertar la madrugada del jueves. Y yo, te extraño.

Estoy sentada en el sofá rojo de la sala, donde nos gustaba tirarnos juntas a contemplar la nada. Hace una semana estábamos justo aquí… todavía. Yo escribía, la Zuppa dormía y tú contemplabas. No lograbas conciliar sueño, te escuché quejarte por primera vez en toda tu vida. Te dolía mucho tu pancita, según me di cuenta un poquito después.

Era una noche mucho menos profunda que la de hoy, menos calurosa también y con mucho más viento. ¡Cuánto disfrutábamos las noches así! Eran propicias para cualquier travesura que tuviéramos en mente.

Ese día yo estaba apurada porque quería terminar la introducción de un paper. Tú llevabas quince días muy enferma de todo y de nada a la vez. En realidad no supimos nunca qué te pasó, más allá de que tu pancita se llenó de agua, como me dijo el doctor el 11 de febrero. Sus palabras hicieron que sintiera venirse encima, porque ingenuamente, para mi pensar, tú ibas a ser conmigo siempre. “No hay nada más que podamos hacer” “y el pronóstico no es muy bueno”, me explicó y mis ojos no pudieron contener sus lágrimas.

Así que te llevé a casa, sin haber logrado o, mejor dicho, querido entender la gravedad del asunto… para mi tú estabas dentro de la categoría de “inmoribles” de mi mundo. ¡Qué ingenua! Yo mejor que nadie sé que esa categoría no existe y que la muerte no respeta amistades, amores, planes, sueños…

Me siento agradecida porque la vida nos regalo días extras y tú pudiste despedirte de mi -de todes en casa- aún cuando yo no quería escuchar tu “nos vemos pronto, es tiempo”. Te cuidé lo mejor que pude, te abracé y te besé en la cabecita más que de costumbre y te tomé mil fotos más para guardar tu imagen por siempre en mi memoria.

Y ese miércoles, el miércoles de hace una semana, tú parecías ir mucho mejor. Y yo estaba contenta y agradecida. “¡Lo va a lograr!” – pensé, aunque en el fondo tú y yo sabíamos qué iba a pasar. Las mariposas amarillas que rondaban por la casa, junto con ese aroma a flores tan particular que llenó cada habitación durante tus últimos días eran signos infalibles de un destino que nada, ni nadie podía cambiar.

Estabas animada, alerta, despierta. Movías tu cabecita, pero no podías mover bien ya tus patitas de atrás, lo cual era resultado (después leí) de la falla renal que estabas sufriendo. Por eso yo, que te había dejado dormida en la alcoba de mamá, te encontré a media noche y a medio camino de la mía, avanzando “pecho tierra” buscándome. Fue entonces que te tomé en mis brazos y te llevé al sillón conmigo, para que me hicieras compañía como era costumbre.

Me acuerdo que al cargarte, mi cabello largo y todavía húmedo rosó tu carita. Te enojaste y te lo comiste, lo masticaste como cuando eras pequeñita y me hacías dormir con un gorro azul para que no mascaras mis cabellos durante la noche. Traer esa imagen del cajón de la memoria logra cada vez sacarme una sonrisa, aún entre mis lagrimas…

Pero en realidad, lo último que me dejaste hacer por ti esa madrugada fue limpiar de tus patitas el vómito que alivió, por un instante, el líquido que llenaba y llenaba tu pancita. “Mañana te llevo al veterinario de nuevo” – te dije y tú no más suspiraste. Una sensación terrible de angustia me invadió en ese momento porque supe que algo andaba muy muy mal… pienso ahora que en ese momento tú ya estabas lista para irte, solo que me escuchaste sollozar y resististe hasta la mañana siguiente, cuando tú cuerpecito no pudo más.

Si yo hubiera sabido qué más hacer, mi pequeñita, ten la certeza de que lo hubiera hecho y si mis abrazos hubieran curado toda enfermedad, te prometo que jamás te hubiera soltado de mis brazos.

Los últimos momentos de la vida de alguien te marcan para siempre y esa última noche que pasamos juntas es parte de uno de los turning points más tristes de mi vida: tu partida.

Hoy, una semana después, en el sillón rojo solo quedamos la Zuppa y yo y las dos miramos en el pasillo el vacío que nos deja la espera de verte llegar como un siempre que no va a volver a ser jamás.

Un marco de fotos vacío para Hannah

Te extraño, Hannhi 🖤

Llevo 2 días rebuscando mis archivos de fotos digitales intentando encontrar las suficientes como para ilustrar nuestra vida juntas.

Mis esfuerzos son en vano y en vez de hallar consuelo, solo siento frustración, (aunque de vez en cuando las imágenes archivadas en la nube logren jalarme una sonrisa entre lagrimas).

“Debiste haber tomado más fotos” es lo que me recrimino ahora a mi misma; pero la verdad es que no te gustaba mucho que te tomara fotos, costaba trabajo atraparte entre los brazos y que miras a la cámara. En la mayoría de fotos que tengo sales enojada o te agarré de imprevisto o apareces en el fondo como una constante en mi vida que no necesitaba ser capturada por un instrumento fotográfico para decirme cuánto disfrutaba estar ahí para mi.

Solo hay un par en las que me regalaste una sonrisa y esas son sin duda un tesoro.

Por eso ahora, en mi mente, dan vuelta fotos sin memoria y memorias sin fotos. Son tantas más las segundas que las primeras que quisiera poder tener una impresora digital en la cabeza para poder imprimirte todita, para poder imprimir lo que siento en mi corazón y quizá así lograr extrañarte un poquito menos.

Lo que intento en realidad es capturar nuestra historia, nuestras memorias, nuestra vida en pedazos de papel porque me da miedo olvidarla. Hoy, hace apenas tres días que te fuiste…y hace solo cuatro que te sostuve en mis brazos y siete que nos tomé la ultima foto juntas… pero me aterra pensar que más pronto de lo que pueda darme cuenta habrá pasado una semana de eso y quince días y luego un mes y otros seis más y pronto un año y luego 15 años… y me da mucho temor que te me desvanezcas en el tiempo. Que se me escapen entre la cotidianidad tu ternura y tus travesuras… que te me pierdas entre las nebulosas de la memoria y yo me pierda así contigo… me da miedo un día dejar de extrañarte.

Así que te compré un marco, el más grande que encontré: 16 fotos de 10 x 10 cm le caben para atraparte todita. Aún no me decido cuales de las poquitas voy poner, me resulta limitado ese número para elegir todos mis recuerdos favoritos de tí. ¿Será que escoja la foto donde estabas tomándote el agua del árbol de Navidad? ¿O mejor en la que estás tomando el sol en medio de la sala? Creo que me gusta más aquella en la que estás con Zuppa y Olaf en la cama o, mejor, en la que te logré atrapar y salimos juntas en el sillón.

Pero me faltan muchos recuerdos que no ilustré: me falta cuando te subías a mi cajón de calcetines y los desacomodabas todos para dormite en ello, o cuando te metías a la regadera después de que yo me bañaba, porque tenías calor. Me falta también cuando tirabas mi toalla para hacerte bolita o cuando te enojaste porque entró una ardilla a la casa y se tomó tu agüita. No tengo foto tampoco de cuando te comías mis flores, papeles, agujetas… ¡cabello! No tampoco de cuando te sentabas en mi tapete de yoga y no me dejabas hacer mis posturas. Una última que me falta es en tu caja dormida, entre todo el papel de China rosa que te robaste de mi cuarto… Y es que ahora me faltan tantas fotos, porque me faltas tú.

Qué más quisiera capturar la vida todita – con sus risas y tristezas- en papel (o en la nube, como se prefiera), pero no se puede. Esa clase de imágenes solo las atesora el corazón: es el único que tiene memoria, precisión y resolución suficiente para hacerlo apropiadamente.

Entonces, lo que me lleva a pesar toda esta reflexión es que, en realidad, me falta confianza en mí misma, en nosotras, en Dios. Confianza en saber que mi amor por ti, que nuestra amistad y que ese Dios fiel que tenemos ambas son suficientes como para guardarte por siempre en mi corazón y no dejarte escapar nunca. En otras ocasiones la vida me ha enseñado que no se puede olvidar a alguien que formó parte crucial de nuestras vidas porque aunque ya no esté esa persona físicamente aquí los detalles de todo lo compartido están tejidos en nuestra piel, en nuestra mente, en nuestra forma de ser, en nuestro día a día y simplemente no se pueden arrancar ahí: son parte de quien somos y negar que existieron es negarse también a uno mismo. Así que contigo, pequeñita, no tendría por qué ser diferente.

Todavía tengo miedo y me dejo engañar por mi mente que se aferra a esta tristeza como si fuera lo único que me quedara de tí… sé que eso es falso, nuestra vida juntas estuvo más bien llena de alegrías. Es solo que todavía duele mucho tu partida y uno también tiene que darle tiempo al corazón para que disipe el dolor y comience a desvelar esos recuerdos, entrelazándolas con el presente en una película donde nuestra historia nunca se detuvo.