Yo creo firmemente que pedacitos de nuestro corazón se van tomados de la mano del ser amado que nos deja para irse a ese lugar eterno en el cielo.
Es como si nos fuéramos muriendo nosotros también de a poquito, cada vez que perdemos a un ser querido. Como si parte de nosotros fuera adelantando camino para que cuando sea nuestro momento de partir, el viaje sea más ligero.
En mi vida, pedacitos de mi corazón se me han adelantado por lo menos en seis ocasiones… y aunque he pasado ya varias veces por esa experiencia, decirle adiós a alguien nunca es fácil; si acaso es más bien cada vez más difícil, porque ya sabes lo que viene después de ese momento en que cierran sus ojitos para no abrirlos más: la tristeza, la soledad, la angustia, el miedo, la pena..
Y aunque la muerte es en realidad una celebración de la vida y nuestra pena es proporcional al amor que tuvimos para ese ser y ese ser para nosotros, esos pedacitos de nuestro corazón que suben también al cielo no regresan. Por más que lo intentemos, nada vuelve nunca a ser igual, ni siquiera una misma.
La tristeza se acomoda, la neblina que cubrió nuestra mente se disipa, los recuerdos se atesoran, la ropa se regala y el aliento vuelve a nuestros pulmones… pero no, ese pedacito de nuestro corazón no vuelve jamás. Si tenemos suerte, una florecita crece en su lugar, pero sin latidos. Por eso digo que un pedacito de nosotros sube al cielo de la mano de nuestro ser querido.
Pero es justo ese pedacito el que nos mantiene unidos, el que nos hace sentir cerquita el uno del otro aunque ya no nos podamos ver ni abrazar, pues una parte nuestra se fue allá con ellos y una parte de ellos, sin duda, se quedó acá con nosotros… Y ese es un vínculo de amor que nada podrá romper jamás, porque el amor es eterno. 💜