Es miércoles en la noche otra vez, a punto de despertar la madrugada del jueves. Y yo, te extraño.
Estoy sentada en el sofá rojo de la sala, donde nos gustaba tirarnos juntas a contemplar la nada. Hace una semana estábamos justo aquí… todavía. Yo escribía, la Zuppa dormía y tú contemplabas. No lograbas conciliar sueño, te escuché quejarte por primera vez en toda tu vida. Te dolía mucho tu pancita, según me di cuenta un poquito después.
Era una noche mucho menos profunda que la de hoy, menos calurosa también y con mucho más viento. ¡Cuánto disfrutábamos las noches así! Eran propicias para cualquier travesura que tuviéramos en mente.
Ese día yo estaba apurada porque quería terminar la introducción de un paper. Tú llevabas quince días muy enferma de todo y de nada a la vez. En realidad no supimos nunca qué te pasó, más allá de que tu pancita se llenó de agua, como me dijo el doctor el 11 de febrero. Sus palabras hicieron que sintiera venirse encima, porque ingenuamente, para mi pensar, tú ibas a ser conmigo siempre. “No hay nada más que podamos hacer” “y el pronóstico no es muy bueno”, me explicó y mis ojos no pudieron contener sus lágrimas.
Así que te llevé a casa, sin haber logrado o, mejor dicho, querido entender la gravedad del asunto… para mi tú estabas dentro de la categoría de “inmoribles” de mi mundo. ¡Qué ingenua! Yo mejor que nadie sé que esa categoría no existe y que la muerte no respeta amistades, amores, planes, sueños…
Me siento agradecida porque la vida nos regalo días extras y tú pudiste despedirte de mi -de todes en casa- aún cuando yo no quería escuchar tu “nos vemos pronto, es tiempo”. Te cuidé lo mejor que pude, te abracé y te besé en la cabecita más que de costumbre y te tomé mil fotos más para guardar tu imagen por siempre en mi memoria.
Y ese miércoles, el miércoles de hace una semana, tú parecías ir mucho mejor. Y yo estaba contenta y agradecida. “¡Lo va a lograr!” – pensé, aunque en el fondo tú y yo sabíamos qué iba a pasar. Las mariposas amarillas que rondaban por la casa, junto con ese aroma a flores tan particular que llenó cada habitación durante tus últimos días eran signos infalibles de un destino que nada, ni nadie podía cambiar.
Estabas animada, alerta, despierta. Movías tu cabecita, pero no podías mover bien ya tus patitas de atrás, lo cual era resultado (después leí) de la falla renal que estabas sufriendo. Por eso yo, que te había dejado dormida en la alcoba de mamá, te encontré a media noche y a medio camino de la mía, avanzando “pecho tierra” buscándome. Fue entonces que te tomé en mis brazos y te llevé al sillón conmigo, para que me hicieras compañía como era costumbre.
Me acuerdo que al cargarte, mi cabello largo y todavía húmedo rosó tu carita. Te enojaste y te lo comiste, lo masticaste como cuando eras pequeñita y me hacías dormir con un gorro azul para que no mascaras mis cabellos durante la noche. Traer esa imagen del cajón de la memoria logra cada vez sacarme una sonrisa, aún entre mis lagrimas…
Pero en realidad, lo último que me dejaste hacer por ti esa madrugada fue limpiar de tus patitas el vómito que alivió, por un instante, el líquido que llenaba y llenaba tu pancita. “Mañana te llevo al veterinario de nuevo” – te dije y tú no más suspiraste. Una sensación terrible de angustia me invadió en ese momento porque supe que algo andaba muy muy mal… pienso ahora que en ese momento tú ya estabas lista para irte, solo que me escuchaste sollozar y resististe hasta la mañana siguiente, cuando tú cuerpecito no pudo más.
Si yo hubiera sabido qué más hacer, mi pequeñita, ten la certeza de que lo hubiera hecho y si mis abrazos hubieran curado toda enfermedad, te prometo que jamás te hubiera soltado de mis brazos.
Los últimos momentos de la vida de alguien te marcan para siempre y esa última noche que pasamos juntas es parte de uno de los turning points más tristes de mi vida: tu partida.
Hoy, una semana después, en el sillón rojo solo quedamos la Zuppa y yo y las dos miramos en el pasillo el vacío que nos deja la espera de verte llegar como un siempre que no va a volver a ser jamás.
